La violencia psicológica no es una forma de conducta,
sino un conjunto heterogéneo de comportamientos,
en todos los cuales se produce una forma de agresión
psicológica.
" En todos los casos, es una conducta que causa
un perjuicio a la víctima.
" Puede ser intencionada o no intencionada. Es
decir, el agresor puede tener conciencia de que está
haciendo daño a su víctima o no tenerla.
Eso es desde el punto de vista psicológico. Desde
el punto de vista jurídico, tiene que existir
la intención del agresor de dañar a su
víctima.
" La amenaza se distingue de la agresión,
pero la amenaza es una forma de agresión psicológica.
Cuando la amenaza es dañina o destructiva directamente,
entra dentro del campo de la conducta criminal, la que
está penada por la ley.
" La violencia psicológica implica una coerción,
aunque no haya uso de la fuerza física. La coacción
psicológica es una forma de violencia.
La violencia psicológica es un anuncio de la
violencia física. Peor, muchas veces, que la
violencia física. Porque el anuncio es la amenaza
suspendida sobre la cabeza de la víctima, que
no sabe qué clase de violencia va a recibir.
La violencia psicológica no actúa como
la violencia física. La violencia física
produce un traumatismo, una lesión u otro daño
y lo produce inmediatamente. La violencia psicológica,
vaya o no acompañada de violencia física,
actúa en el tiempo. Es un daño que se
va acentuando y consolidando en el tiempo. Cuanto más
tiempo persista, mayor y más sólido será
el daño. Además, no se puede hablar de
maltrato psicológico mientras no se mantenga
durante un plazo de tiempo. Un insulto puntual, un desdén,
una palabra o una mirada ofensivas, comprometedoras
o culpabilizadoras son un ataque psicológico,
pero no lo que entendemos por maltrato psicológico.
Para que el maltrato psicológico se produzca,
es preciso, por tanto, tiempo. Tiempo en el que el verdugo
asedie, maltrate o manipule a su víctima y llegue
a producirle la lesión psicológica. Esa
lesión, sea cual sea su manifestación,
es debida al desgaste. La violencia, el maltrato, el
acoso, la manipulación producen un desgaste en
la víctima que la deja incapacitada para defenderse.
La violencia psicológica tiene mil caras. Algunas
son obvias, otras, prácticamente imposibles de
determinar como tales. Pero todas las formas de maltrato
y acoso psicológico dejan su secuela. Por sus
características, pueden agruparse en tres grandes
categorías:
El maltrato psicológico
Tiene dos facetas que pueden llamarse maltrato pasivo
y maltrato activo.
" El maltrato pasivo es la falta de atención
hacia la víctima, cuando ésta depende
del agresor, como sucede con los niños, los ancianos
y los discapacitados o cualquier situación de
dependencia de la víctima respecto al agresor.
Hay una forma importante de maltrato pasivo, que es
el abandono emocional. Ancianos, menores o discapacitados
abandonados por sus familias en instituciones que cuidan
de ellos, pero que jamás reciben una visita,
una llamada o una caricia. Víctimas de abandono
emocional son los niños que no reciben afecto
o atención de sus padres, los niños que
no tienen cabida en las vidas de los adultos y cuyas
expresiones emocionales de risa o llanto no reciben
respuesta. Son formas de maltrato no reconocido.
" El maltrato activo es un trato degradante continuado
que ataca a la dignidad de la persona. Los malos tratos
emocionales son los más difíciles de detectar,
porque la víctima muchas veces no llega a tomar
conciencia de que lo es. Otras veces toma conciencia,
pero no se atreve o no puede defenderse y no llega a
comunicar su situación o a pedir ayuda.
El acoso
psicológico
Es una forma de violencia que se ejerce sobre una persona,
con una estrategia, una metodología y un objetivo,
para conseguir el derrumbamiento y la destrucción
moral de la víctima. Acosar psicológicamente
a una persona es perseguirla con críticas, amenazas,
injurias, calumnias y acciones que pongan cerco a la
actividad de esa persona, de forma que socaven su seguridad,
su autoafirmación y su autoestima e introduzcan
en su mente malestar, preocupación, angustia,
inseguridad, duda y culpabilidad. Para poder hablar
de acoso tiene que haber un continuo y una estrategia
de violencia psicológica encaminados a lograr
que la víctima caiga en un estado de desesperación,
malestar, desorientación y depresión,
para que abandone el ejercicio de un derecho. Hay que
poner de relieve que una de las estrategias del acosador
es hacer que la víctima se crea culpable de la
situación y, por supuesto, que así lo
crean todos los posibles testigos.
La segunda condición imprescindible para que
se produzca el acoso moral es la complicidad implícita
o el consentimiento del resto del grupo, que, o bien
colaboran, o bien son testigos silenciosos de la injusticia,
pero callan por temor a represalias, por satisfacción
íntima o simplemente por egoísmo: "mientras
no me toque a mí".
En muchas ocasiones, la víctima apenas tiene
conciencia de que lo es y ni siquiera es capaz de verbalizar
lo que está sucediendo. Solamente percibe una
sensación desagradable, insuficiente para ella
como para calificar el caso de acoso.
El acoso psicológico tiene dos formas según
la relación víctima-verdugo:
" Acoso vertical.
El acosador se halla en una posición de poder
superior a la de su víctima, ya se trate de poder
social, económico, laboral, jerárquico,
etc. Se trata de una situación en la que el acosador
es superior al acosado, como un jefe, un patrono, un
profesor, un mando del ejército, etc..
" Acoso horizontal. El acosador se halla
en la misma posición de poder que su víctima
y se trata de acoso entre iguales. Es una situación
en que el acosador se vale de su fuerza física
o moral para hostigar a otra persona de su mismo nivel
jerárquico o social, con la aquiescencia del
entorno, como el matón del barrio, un compañero
del colegio o del trabajo, etc.
El acoso escolar se diferencia del acoso en el trabajo,
llamado mobbing, en lo siguiente:
" El acoso escolar consiste en intimidar a un compañero
de clase. Es una forma de acoso entre iguales. El matón
intimida y atemoriza a la luz del día, haciendo
alarde ostentoso de su fuerza, su poder o su autoridad
de chulo. Su objetivo es ése, demostrar que puede
más que nadie y que puede destruir a quien le
caiga mal o a quien decida acobardar arbitrariamente.
La víctima puede ser cualquiera, generalmente
alguien débil.
" El acoso laboral consiste en desgastar a la víctima
para que se autoelimine. Es una forma de acoso vertical,
de arriba abajo. El agresor actúa con mayor maldad
y es más artero que el matón, porque se
mueve en la sombra, con disimulo, y con el objetivo
de eliminar a una víctima que no es cualquiera,
sino alguien elegido con atención, porque estorba
a sus planes, le hace sombra o, de alguna manera, perturba
su quehacer. Su acción es, por tanto, mucho más
premeditada y cruel que la del matón, que solamente
busca liderazgo.
La intimidación se da en estas condiciones:
" Que exista una víctima indefensa que reciba
la violencia del matón, en una relación
de poder y fuerza de arriba abajo, es decir, que el
agresor tenga más fuerza física o mando,
aunque se trate de compañeros de clase.
" Que se produzca de forma repetida y durante un
período de tiempo, como mínimo, de un
mes.
" Que la agresión sea verbal, física
o psicológica.
" Pueden existir también amenazas y chantajes.
Es necesario entender de que el acoso escolar no son
simples "peleas entre chavales" o situaciones
que han de resolver entre ellos. El acoso entre escolares
puede provocar el suicidio del niño que lo padece.
Cuando menos, el acoso escolar es una situación
grave para todos, de la que es preciso tomar conciencia,
defender a la víctima y cambiar la conducta del
agresor. Ya sabemos que siempre surgen problemas, que
todos hemos de hacernos un lugar en la sociedad a base
de discusiones, tropezones, zancadillas y luchas y que
el colegio no es más que un reflejo de la sociedad,
pero el acoso escolar no es cuestión de discusiones,
tropezones y zancadillas, sino de una situación
de abuso continuado con el visto bueno (o la vista gorda)
de personas que podrían remediarlo o, al menos,
denunciarlo.
Es importante no confundir los problemas a que todo
menor o mayor ha de enfrentarse durante su acceso y
su permanencia en la sociedad con el acoso escolar.
Ni hay que llevar a los tribunales los casos de peleas,
discusiones, tropezones o zancadillas, ni hay que dejar
pasar los casos de acoso escolar como "cosas de
críos". Aunque se trate de chavales, de
igual a igual, de entorno escolar, sigue siendo acoso
y sigue siendo un ataque a la dignidad y a la integridad
moral de la persona. Y los menores tienen derechos a
respetar y a hacer respetar.
El acoso
afectivo
Dentro del acoso psicológico, hay que hablar
del acoso afectivo, que es una conducta de dependencia
en la que el acosador depende emocionalmente de su víctima
hasta el punto de hacerle la vida imposible. El acosador
devora el tiempo de su víctima o bien la devora
con sus manifestaciones continuas y exageradas de afecto
y sus demandas de afecto. En cualquiera de los casos,
el acosar le roba a su víctima la intimidad,
la tranquilidad y el tiempo para realizar sus tareas
o para llevar a cabo sus actividades, porque el acosador
la interrumpe constantemente con sus demandas y, apenas
la deja respirar entre petición y petición,
pero siempre con mimos, con arrumacos y con caricias
inoportunos y agobiantes. Si la víctima rechaza
someterse a esta forma de acoso, el verdugo se queja,
llora, se desespera, implora, amenaza con retirarle
su afecto o con "cometer una tontería",
llegando incluso a intentos de suicidio y a explosiones
realmente espectaculares que justifica diciendo que
todo lo hace por cariño. Esto supone añadir
el chantaje afectivo a la estrategia de acoso.
La manipulación mental
Esta forma de violencia supone el desconocimiento del
valor de la víctima como ser humano, en lo que
concierne a su libertad, a su autonomía, a su
derecho a tomar decisiones propias acerca de su propia
vida y de sus propios valores. La manipulación
mental puede comprender el chantaje afectivo. En la
manipulación se da una relación asimétrica
entre dos o más personas. Es asimétrica
porque una da y la otra recibe, una gana y la otra pierde.
Las tácticas de manipulación incluyen
amenazas y críticas, que generan miedo, la culpa
o vergüenza encaminados a movilizar a la víctima
en la dirección que desea el manipulador.
La agresión insospechada
La agresión insospechada es una forma de violencia
psicológica tan sutil y elaborada que se disimula
y oculta entre las fibras del tejido social. La agresión
insospechada es la que muchos agresores ejercen disfrazándola
de protección, de atención, de buenas
intenciones y de buenos deseos.
Una forma de agresión insospechada es la que
ejercen las personas sobreprotectoras sobre sus protegidos.
Les rodean de atenciones, de mimos y de cuidados, pero
no les permiten desarrollarse como personas autónomas,
no les permiten ejercer su derecho a la libertad, no
les permiten escapar del entorno artificial que han
fabricado para ellas. Todo lo hace el protector por
el bien de su protegido, eliminando de su camino el
menor escollo, para librarle de todas las desazones
de la vida. Y el protegido no llega a crecer ni a independizarse
nunca. Y el día que el protector falte o no pueda
seguirle protegiendo, su integridad valdrá bien
poco.
Otra forma de agresión insospechada es la que
ejercemos sobre nuestros mayores, cuando creemos que
les mostramos amor y consideración dándoles
tareas para "que se sientan útiles",
como si no se hubieran ya ganado el derecho a dejar
de ser útiles. Muchas personas agobian a sus
mayores con demandas de ayuda, sin tener en cuenta que
los mayores ya se han jubilado de esas tareas y tienen
derecho a vivir sin trabajar. Muchos jóvenes
tienen a sus padres como canguros continuos, privándoles
del derecho de salir con sus amigos, de viajar a su
gusto o de sentarse a no hacer nada, que bien se lo
han ganado. Muchos jóvenes llevan a sus mayores
a vivir con ellos para que no estén solos y los
convierten en chica para todo, privándoles de
libertad, de descanso y, muchas veces, de lugar de residencia,
pues muchos ancianos viven una temporada con cada hijo,
con lo cual carecen de referencia y de vivienda fija.
Los convierten en nómadas y en sirvientes sin
paga. Y la sociedad se hace lenguas de lo que esos hijos
quieren a sus padres, mientras que otros los "meten"
en una residencia.
Otra forma de agresión insospechada que todos
practicamos alguna vez son los consejos. Los consejos
tienen a veces un matiz de amenaza y otras veces son
una forma de acoso contra la persona que se empeña
en no dejarse aconsejar. Hay mucha gente que necesita
dar su visto bueno a las acciones de los demás,
ofrecer su consejo sapientísimo o, por el contrario,
oponer su veto a los proyectos de los demás.
Hay gente que se permite dar su beneplácito a
que otros sean homosexuales, a que otros se enamoren
a la vejez, a que otros no sean creyentes o a que otros
realicen actividades poco comunes. Hay gente que se
permite aconsejar lo que hay que hacer en una u otra
situación y hasta previene el desastre si no
se siguen sus recomendaciones. Hay gente que se opone
con todas sus fuerzas a que otros hagan algo que ni
les va ni les viene, pero en lo que ellos no pueden
dejar de intervenir.
Las secuelas de la violencia psicológica
La violencia psicológica
es más difícil de demostrar que la violencia
física, porque las huellas que quedan en el psiquismo
no son visibles para el profano. Además, en los
casos de violencia psicológica, el maltratador
suele manipular a su víctima para que llegue
a creer que todo son exageraciones suyas que tiene la
culpa de lo que sucede. Lo mismo suele hacer con su
entorno, de manera que todo el mundo opine que es un
excelente cónyuge, compañero o amigo y
que la otra persona se queja por quejarse. En el supuesto
de que se queje.
El maltrato psicológico, por sutil e insospechado
que sea, siempre deja secuelas. Existen casos en que
la agresión es tan sutil y sofisticada que parece
casi imposible detectarla. Pero deja marcas indelebles
en el organismo de la víctima. En su cuerpo o
en su psiquismo, porque el cuerpo y el psiquismo interactúan
y forman una unidad psicosomática.
Las secuelas de los malos tratos psíquicos provocan,
según distintos estudios, el desarrollo de personalidades
adictivas, psicóticas o violentas. Si un niño
maltratado desarrolla una personalidad de maltratador,
es más que probable que a su vez engendre hijos
que también serán maltratados y, de adultos,
maltratadores, por lo que el patrón de conducta
agresiva se va repitiendo hasta que alguna circunstancia
favorable rompa la cadena.
Detectar la violencia psicológica
La violencia psicológica se ha de detectar desde
tres perspectivas:
" La violencia que padecemos nosotros mismos como
víctimas.
" La violencia que padecen otras personas como
víctimas.
" La violencia que podemos ejercer nosotros mismos
como verdugos.
Cuando
somos la víctima
Desde la posición de víctima, a veces
es difícil detectar el padecimiento de violencia
psicológica, porque en estas situaciones a menudo
desarrollamos mecanismos psicológicos que ocultan
la realidad cuando resulta excesivamente desagradable.
Nuestros mecanismos de defensa tienen la finalidad de
preservarnos de la angustia y el hecho de aceptar que
somos víctimas de una situación reiterada
de maltrato psicológico, probablemente por parte
de una persona a quien estimamos, supone una enorme
carga de angustia que no es fácil digerir. Por
eso nuestro psiquismo nos ofrece todos esos psicodinamismos,
para que echemos mano de ellos y nos defendamos de la
angustia, negando la situación en que nos encontramos.
Así aprendemos a negar y a intelectualizar la
violencia de la que somos víctimas. Buscamos
justificación para la actitud del agresor, para
la actitud de quienes admiten o colaboran con su violencia
y buscamos casos similares en nuestro entorno para comparar
el nuestro y llegar a la conclusión de que no
es una situación anómala, sino común
y corriente e, incluso, de que hay situaciones muchísimo
peores que la nuestra.
Otras veces recurrimos a un mecanismo mucho más
nocivo que la negación o la intelectualización.
Y otras veces recurrimos a culparnos de lo que sucedes
y buscamos en nuestras actitudes pasadas y presentes
el motivo del maltrato. Recorremos una a una nuestras
palabras, nuestros gestos, nuestras acciones y nuestros
resultados, para localizar la causa de la violencia
que, según entendemos, hemos provocado.
Si esto te sucede, ya tienes un indicio clarísimo
de que eres una víctima de la violencia psicológica.
" Si das vueltas a situaciones incomprensibles
que te producen padecimiento o malestar, intentando
averiguar el porqué, no tengas duda de que eres
una víctima de la violencia psicológica.
" Si sufres en silencio una situación dolorosa
y esperas que las cosas se solucionen por sí
mismas, que tu verdugo o verdugos depongan espontáneamente
su actitud, que alguien acuda en tu ayuda porque se
dé cuenta de tu situación, no te quepa
ninguna duda de que eres una víctima de la violencia
psicológica.
" Si te sorprendes a ti mismo haciendo algo que
no quieres hacer o que va contra tus principios o que
te repugna, considera que eres víctima de manipulación
mental, que es una forma de violencia psicológica.
" Si te sorprendes haciendo algo que no quieres
y te sientes incapaz de negarte a hacerlo, intelectualizando
y justificando de mil maneras tu sometimiento, no lo
dudes, eres una víctima de la violencia psicológica.
" Si haces cosas que no quieres y no puedes evitar
hacerlas porque entrarías en pánico, porque
te aterra negarte o porque algo te conduce a hacerlo,
sabe que eres una víctima de manipulación
mental.
" Si has llegado a la conclusión de que
la situación dolorosa que sufres no tiene solución
porque te lo mereces, porque te lo has buscado, porque
las cosas son así y no se pueden cambiar, porque
no se puede hacer nada, porque es irremediable, no lo
dudes ni un solo instante, eres una víctima de
la violencia psicológica.
" Y si te sientes mal frente a una persona, si
te produce malestar, inseguridad, miedo, emociones intensas
injustificadas, un apego o un afecto que no tiene justificación,
una ternura que se contradice con la realidad de esa
persona, si te sientes poca cosa, inútil, indefenso
o tonto delante de esa persona, ya has identificado
a tu agresor.
Ahora que lo sabes, sabe también que tienes que
actuar. Y que no estas solo. Que has dado los primeros
pasos al tomar conciencia de tu situación y al
identificar la agresión de que eres objeto y
la persona del agresor o agresores. Que el siguiente
paso es pedir ayuda.
Cuando la víctima es
otra persona
Detectar la violencia psicológica que sufre otra
persona es más fácil generalmente que
detectarla cuando tú eres la víctima,
porque desde fuera, las cosas se ven con mucha más
claridad. Pero, muchas veces, la violencia psicológica
es transparente y solamente la siente la víctima
sin que la situación trascienda.
Ése es muchas veces el caso de los niños
o de los ancianos. De las personas más débiles
que sufren violencia psicológica por parte de
alguien de quien dependen y a quien no se atreven a
delatar por temor a empeorar la situación.
Ése es muchas veces el caso de personas que han
aprendido a no defenderse y a aceptar la situación
como algo no solamente normal, sino deseable. La víctima
aprende a no defenderse cuando sabe positivamente que
no tiene defensa. Que, haga lo que haga, va a recibir
un castigo. Y que, haga lo que haga, nadie la va a defender.
Así, la persona maltratada desarrolla una sensación
de continuo fracaso y, sobre todo, de impotencia, que
la lleva a una actitud de pasividad, a dejar de reaccionar
o controlar lo que sucede. Y así aprende a no
hacer nada frente a lo que ocurre.
Desde fuera, parece una postura de indolencia, de pasividad
o de indiferencia. Una especie de apatía o de
sometimiento. Pero hay un deterioro íntimo y
secreto que va erosionando su personalidad.
Otra causa de la indefensión aprendida es la
esperanza mágica de que las cosas se van a solucionar
por sí mismas, de que algo va a suceder para
que el agresor deje de agredir. Es un mecanismo de la
víctima de la violencia, física o psicológica,
que la exime de la responsabilidad de buscar una solución
para algo que aparentemente no la tiene.
Una vez convencida de que su caso no tiene solución,
la persona víctima del maltrato, del acoso o
de la manipulación psicológica desarrolla
mecanismos de defensa para adaptarse a la situación.
Entre ellos está el síndrome de renuncia
del prisionero, en que la víctima renuncia a
sus propios pensamientos, ideas y deseos, para someterse
absolutamente a las exigencias de su agresor. Es una
especie de autómata que solamente vive para plegarse
a los deseos de su captor.
Todo ello es un método, inconsciente y mecánico,
de supervivencia, como lo es el síndrome de Estocolmo,
que se presenta cuando la víctima percibe una
amenaza para su supervivencia física o psicológica,
está convencida de que el agresor va a cumplir
esa amenaza y se siente incapaz de escapar, pero percibe
un atisbo de amabilidad por parte de su agresor y eso
la hace volcarse hacia él como hacia su única
fuente de supervivencia.
Podemos detectar la violencia psicológica en
estos casos, porque existen varios indicadores. La víctima
se comporta de la forma siguiente:
" Mantiene una relación con su agresor,
al que agradece intensamente sus pequeñas amabilidades.
" Niega que haya violencia contra ella y, si la
admite, la justifica.
" Niega que sienta ira o malestar hacia el agresor.
" Está siempre dispuesta para tener contento
al agresor. intentando averiguar lo que piensa y desea.
Así llega a identificarse con él.
" Cree que las personas que desean ayudarla están
equivocadas y que su agresor tiene la razón.
" Siente que el agresor la protege.
" Le resulta difícil abandonar al agresor
aún después de tener el camino libre.
" Tiene miedo a que el agresor regrese por ella
aun cuando esté muerto o en la cárcel.
Otro mecanismo de defensa que la víctima puede
desarrollar para sobrevivir es el que se llama identificación
con el agresor. Este mecanismo se produce en tres etapas:
" Sometimiento mental al agresor. Ese sometimiento
permite a la víctima averiguar lo que su agresor
está pensando en cada momento.
" Adivinar los deseos del agresor. Esto permite
a la víctima anticiparse a lo que su agresor
va a hacer para tratar de ponerse a salvo.
" Actuar para salvarse. Ponerse a salvo significa
complacer al agresor, no aumentar su ira, sino tratar
de aplacarla con esa sumisión que reduce a la
víctima a nada para convertirla en parte del
agresor.
Pero la identificación con el agresor va más
allá de quitarse de en medio, porque lo que trata
la víctima es de seducir a su agresor para desarmarle.
El niño maltratado desarrolla una sensibilidad
y una inteligencia especiales que le permitan evaluar
su entorno y sobrevivir. Trata de conocer al agresor
"desde dentro", para apaciguarle y desarmarle.
Es posible, incluso, que la víctima llegue a
sentir lo que el agresor quiere que sienta o que llegue
a sentir lo que siente el mismo agresor y eso incluye
hacerse tan sensible a las emociones del verdugo que
llegue a sentirlos como propios. Este proceso llega
a convertir el miedo en adoración. Es el mecanismo
propio de ideologías como el movimiento nazi.
Finalmente, hay que tener en cuenta un mecanismo neurológico
que todos tenemos y que se llama habituación.
La habituación consiste en que el sistema nervioso
deja de responder a un estímulo cuando éste
se produce continuamente. Cuando vemos por primera vez
una escena de guerra en la televisión, nos produce
malestar y angustia. Pero cuando la misma escena o escenas
similares se repiten una y otra vez, deja de producirnos
malestar porque nuestro mecanismo de habituación
funciona y nuestro cerebro deja de responder.
Este mecanismo desempeña un papel muy importante
en la violencia psicológica, porque la víctima
llega a aceptar su situación como algo totalmente
normal y la incorpora a su vida como una faceta más.
El niño que crece en un entorno de malos tratos,
palabrotas y violencia, los acepta como otros aceptan
un entorno en el que los domingos se come paella en
el campo o se visita a los abuelos. Es un hábito.
Las situaciones familiares, sociales, laborales, en
que se produce la agresión insospechada pasan
de largo para los observadores, porque son tan sutiles
o tan habituales que no llaman la atención. En
cuanto a la persona que las sufre, ni siquiera llega
a considerarse una víctima, sino que se acostumbra
a esa situación como a algo normal. Tal sucede,
por ejemplo, con las amas de casa que trabajan, además,
fuera. Toda la familia entiende que la madre es responsable
de la ropa de los demás, de la limpieza de la
casa, de la compra, de la comida y de mil detalles.
Y lo toman como algo natural, empezando por la propia
ama de casa, que sacrifica todos los momentos de su
vida para satisfacer las demandas y exigencias de su
familia. Los demás se arrogan el derecho a increparla,
a exigirle y a verla afanarse sin descanso dentro y
fuera del hogar. Es una situación clara de violencia
psicológica de género de la que casi nadie
toma conciencia.
Concienciar a la víctima
Una vez que se ha detectado un caso de violencia psicológica,
lo primero que hay que hacer es concienciar a la víctima
para que llegue a darse cuenta de que su situación
no es normal ni tiene la culpa ni se lo ha buscado.
De alguna manera, la verdad suele hacerse camino por
entre las barreras que levantan los mecanismos de defensa
y la víctima puede llegar a asumir su situación
siempre y cuando se le asegure que su supervivencia
no corre peligro. Los psicodinamismos que la víctima
desarrolla para negar su situación tienen el
objetivo de proteger su supervivencia y librarla de
la angustia. Por tanto, la única forma de que
la víctima llegue a tomar conciencia de lo que
le está sucediendo y acepte que su verdugo la
está maltratando y que ella se está sometiendo
por terror y no por amor o necesidad, es garantizarle
de alguna manera que su situación tiene remedio
y que la toma de conciencia es el primer paso hacia
la liberación. Y que ésta es factible.
Porque después de la toma de conciencia, viene
el segundo paso que es la identificación del
agresor y de la agresión. Y luego el tercero
que es la búsqueda de ayuda profesional, tanto
psicológica como jurídica. La primera
le devolverá la fortaleza que ha perdido y la
conducirá de nuevo a la realidad y la segunda
la ayudará a denunciar su situación y
a defenderse de su agresor.
Un método importante para ayudar a la víctima
a tomar conciencia es realizar la segunda lectura del
mensaje de la agresión. La agresión es
una conducta y, por tanto, ha de tener una finalidad.
Si analizamos la conducta de quien agrede, podemos encontrar
en ella un mensaje más o menos claro. Si aprendemos
a localizar el mensaje que el agresor quiere comunicar,
nos resultará más fácil entenderle
y, por tanto, defendernos. El manipulador está
recibiendo un beneficio a costa del sometimiento de
su víctima, el maltratador está satisfaciendo
su necesidad de mostrarse fuerte a costa de la debilidad
de su víctima, el acosador está siguiendo
una estrategia para que su víctima se anule a
sí misma y desaparezca de su camino.
Cuando las víctimas
son niños, ancianos o discapacitados
Detectar la violencia psicológica que sufren
los niños y los ancianos es bastante más
complicado porque suelen ocultarlo por temor a represalias
o bien no tienen capacidad de expresión para
explicar lo que les sucede.
Pero, en las personas dependientes, como los niños,
los discapacitados y los ancianos, la violencia psicológica
deja síntomas específicos. Si el maltrato
consiste en negligencia, es decir, falta de atención
a las necesidades de la víctima, los síntomas
pueden ser desnutrición, deshidratación
o falta de higiene; si el maltrato consiste en amenazas,
burlas o humillaciones, los síntomas son llanto,
insomnio, confusión, pasividad o agitación
extrema, huida del contacto visual, temor y ansiedad.
Cuando los niños o los ancianos se quejan de
los malos tratos que reciben en una institución,
siempre hay que investigar. A veces, tanto los unos
como los otros se quejan de que no les dan de comer,
de que no les quieren o de que les humillan, únicamente
para llamar la atención y culpabilizar a los
familiares que les han recluido en esa institución.
Hay niños que se quejan de que los tratan mal
en el colegio, para que los padres se arrepientan de
llevarlos al colegio y los devuelvan al hogar. Hay ancianos
que se quejan de que en la residencia no les dan de
comer o les dan porquerías, para que su familia
se sienta culpable y los lleven a casa, cuando realmente
están mucho mejor atendidos que en sus domicilios.
No debemos perder de vista que muchas personas mayores
sufren alteraciones de la percepción y pueden
entender que les están tratando mal cuando no
es así. No es difícil escuchar quejas
de ancianos respecto a la comida, cuando no es más
que una forma de llamar la atención. Otros se
quejan de que no les hacen caso aunque estén
bien atendidos, porque lo que pretenden es una atención
continua y constante. No olvidemos que muchos ancianos
regresan a comportamientos infantiles y eso, muchas
veces, determina el que no se haga caso de sus quejas.
Por ello, siempre hay que investigar y, muchas veces,
aunque la institución insista en que "son
cosas de niños" o "son cosas de viejos",
es necesario investigar porque puede ser que el niño
o el anciano estén recibiendo malos tratos psicológicos
sutiles y difíciles de detectar, y que los responsables
del colegio o de la residencia no conozcan la situación.
Conviene saber que el maltratador siempre se defiende
haciéndose a su vez la víctima, siempre
pone al cielo por testigo de su inocencia y siempre
niega lo que está haciendo. Por eso es imprescindible
investigar cuando exista la menor sospecha de malos
tratos.
Señales claras de maltrato a las que hay que
prestar atención, son las siguientes:
" Cuando un anciano o un discapacitado verbaliza
que está recibiendo malos tratos. Siempre hay
que investigar.
" Cuando el cuidador del anciano o del discapacitado
no permite que se quede a solas con otra persona. Es
una forma de aislarle y de impedir que se queje, que
pida ayuda o que denuncie su situación y eso
puede suceder aunque el cuidador sea un familiar.
Cuando hay sospechas de maltrato, es preciso hacer lo
siguiente:
" Mantener el contacto con la persona mayor o discapacitada
y observar si se aprecian cambios en su comportamiento
o en su estado físico.
" Denunciar los malos tratos, teniendo siempre
en cuenta que existe la posibilidad de que el agresor
tome represalias contra la vícticma. También
hay que tener en cuenta que un anciano maltratado por
alguien de su familia o intimidad no siempre es consciente
ni está dispuesto a admitir que esa persona,
con quien le unen lazos afectivos, le esté agrediendo
psicológicamente.
Hemos mencionado antes el acoso escolar, en el que un
cabecilla o incluso un profesor hostigan y maltratan
a la víctima que suele se un niño distinto,
bien por ser más débil, más listo,
más gordo o por cualquier característica
que le hace víctima de los otros. El problema
es que los niños no lo comunican a su familia
por vergüenza y por temor.
No resulta fácil averiguar la existencia de un
caso de intimidación, porque la víctima
normalmente lo oculta por vergüenza, pero sí
hay una sintomatología clara. Cuando un niño
o un adolescente rehúsa asistir al colegio o
ir al polideportivo o al centro social en que se reúne
habitualmente, sin existir motivo aparente alguno, conviene
indagar. Si los padres insisten, en lugar de declararlo,
finge enfermedades y busca subterfugios. Declararlo
es cosa de cobardes, de "niñas" o de
"mariquitas".
Pero, aunque las víctimas del acoso escolar suelen
sufrir en silencio, hay casi siempre alguna manifestación
del malestar en forma de rechazo a ir a la escuela,
de cambio en los hábitos alimenticios, insomnio
o pesadillas. Lo mejor es que los padres traten de mantener
una relación de intimidad y confianza con sus
hijos, porque los niños suelen contarlo en primer
lugar a sus compañeros, luego a los padres y
después a los profesores.
Si hay evidencia de que se esté produciendo un
caso de acoso escolar, se aconseja separar, en primer
lugar, a la víctima del agresor y, después,
trabajar con todas las partes, con un trabajo en grupo
y un tratamiento. Pero lo más importante es concienciar
a los demás para que no se tolere esta conducta.
Si se es padre del agresor hay que ponerse a favor de
la víctima. Hay que animar a los espectadores
para que no toleren que se repita la situación.
En todo caso, cuando se produce una situación
de acoso escolar, hay que saber que existen instituciones
encargadas de investigar y ayudar a encontrar una solución.
Está, en primer lugar, el psicólogo o
gabinete de apoyo psicológico del colegio; después,
el consejo escolar; hay un tutor responsable del estudiante
y hay una dirección del colegio.
Cuando
el verdugo somos nosotros mismos
Detectar la violencia psicológica que ejercemos
nosotros mismos de forma inconsciente no es tarea fácil,
precisamente porque la ejercemos sin tomar conciencia
de ello. Pero sí hay forma de saberlo, sobre
todo después de leer las líneas anteriores,
porque todo cuanto hemos dicho acerca de los signos
que detectan el maltrato en la víctima, se puede
aplicar a nuestras propias acciones y ver si existen
personas de nuestro entorno a las que, sin darnos cuenta,
estemos manipulando o agrediendo. No vamos a hablar
de acoso porque es siempre consciente y dirigido a una
meta también consciente.
La mejor forma de dilucidar si nos estamos comportando
con alguien como maltratadores es utilizar toda nuestra
capacidad de empatía y toda nuestra humildad,
ponernos en el lugar de las personas que nos rodean,
cuando exista la menor sospecha de un posible maltrato,
y sentir lo que nosostros sentiríamos si nos
hicieran lo que nosotros estamos haciendo.
Así podemos ponernos en el lugar de nuestros
hijos, de nuestros mayores, de nuestros compañeros
o de nuestros familiares y analizar nuestra conducta
frente a ellos.
¿Cómo te sentaría que tus padres
te dejaran los fines de semana al cuidado de alguien
mientras ellos se divertían en una excursión
o salían a cenar fuera? ¿Cómo te
tomarías los consejos que no has solicitado sobre
un asunto que sólo a ti atañe? ¿Qué
te parecería si alguien te diera su visto bueno
para que pienses como piensas? ¿Te gustaría
que tu pareja te dijera cómo tienes que vestirte,
que peinarte o que comportarte? ¿Y que te hiciera
callar en público cuando tratas de dar tu opinión?
Hay una larga lista de preguntas que podemos plantearnos.
A veces somos conscientes de la hostilidad que sentimos
hacia una persona, pero no del maltrato que le estamos
infligiendo. Sentir hostilidad, rabia, envidia o rencor
contra otros es casi siempre irremediable, porque las
emociones no se someten al raciocinio. Lo que sí
se puede someter al control de la razón son nuestras
acciones.