El
acoso moral: sutiles formas de maltrato en la empresa
El "acoso moral",
bautizado así por la psiquiatra y psicoanalista
Marie-France
Hirigoyen, es un problema que millones de trabajadores
sufren diariamente en sus lugares de trabajo. Se trata,
según su propia definición, de "procedimientos
abusivos, palabras o sobreentendidos, gestos y miradas
que, por su frecuencia y sistematización, afectan
la integridad psíquica o física de una
persona" (Diario Clarín, 7/5/2000, pp. 24-25).
El acoso moral proviene de individuos con características
perversas. La perversión puede adoptar distintas
formas y representaciones. Una de las más comunes
es la sexual. Pero en el acoso moral se trata de la
utilización de la víctima como un objeto
destinado a satisfacer la propia
necesidad de ejercicio del poder.
El acosador moral es una persona con características
narcisistas, cuya perversión no llega a derivar
en enfermedades mentales de la gravedad de una persona
psicótica. Por el contrario, suelen desarrollarse
exitosamente en su carrera profesional mediante una
gran ausencia de escrúpulos, que les facilita
el abuso de las personas que les rodean, especialmente
aquéllas que se encuentran en un lugar de subordinación.
Y sus estrategias abusivas suelen pasar desapercibidas
para quienes están afuera del círculo
víctima/victimario porque, por un lado, el abusador
narcisista desarrolla una gran habilidad para "mentir
y falsificar con gran aplomo", como explica
Hirigoyen, mientras que las víctimas suelen refugiarse
en el silencio, por temor o por vergüenza.
Si bien Hirigoyen advierte que cualquiera puede ser
víctima de un perverso, y que no existe un perfil
determinado que se predisponga a ocupar el rol de víctima,
sí puede observarse que las víctimas frecuentemente
son personas con una baja autoestima. Por eso se muestran
frágiles ante acusaciones del tipo "eres
un inútil", "esto está mal hecho",
otra vez lo haz hecho mal", "no puedes
hacer nada bien", etcétera.
Víctima y victimario:
¿perfiles que confluyen?
El círculo víctima/victimario se cierra
entre una persona que se niega a asumir las culpas de
sus propios errores y fracasos, y otra que asume demasiado
rápidamente culpas que no necesariamente le pertenecen.
O que, en última instancia, jamás acreditan
un status tal que justifique el maltrato y la humillación.
Cuando una persona no cumple con eficiencia las funciones
que le son asignadas, la empresa, a través de
sus niveles de supervisión y, eventualmente con
la intervención de su área de recursos
humanos, debe implementar las medidas que se desprenden
de las evaluaciones periódicas: un coaching adecuado
para ayudar a la persona a mejorar su rendimiento, una
reasignación de funciones y, en última
instancia, un despido. Pero el trato indigno y deshumanizante
siempre debe ser visto y evaluado como una falta grave
de parte de quien lo practica como forma de ejercicio
de la autoridad.
¿Cómo debe actuar una persona cuando
cae en las redes de un abusador moral? Lo primero es
reconocer que suele ser una situación bastante
compleja, en la que las distintas posiciones que ocupan
él o ella, dentro de la estructura jerárquica
de la organización, con respecto al supervisor
abusador, lo coloca en una situación de desventaja
inicial.
En primer lugar, porque tiene menos facilitado el acceso
a los niveles superiores en la escala jerárquica.
Y en segundo lugar, porque el abusador suele tener gran
facilidad para mostrar distintos rostros: uno
en la soledad del encuentro con su víctima, y
otro diferente frente a la mirada de terceros.
Ayuda externa para salir del
círculo
Es importante reconocer, en esta instancia, la necesidad
de ayuda porque, como observa Hirigoyen, "cuando
alguien está en una posición de víctima,
está bajo el dominio de otro y pierde la noción
de normalidad". Pero no suele ser una buena estrategia
involucrar a sus pares en una suerte de "cruzada
solidaria", porque éstas derivan rápidamente
en un enrarecimiento del clima de trabajo, que terminará
favoreciendo negativamente la búsqueda de una
solución. Y lo más probable es que la
víctima sea percibida como una persona que "genera
ruido".
La familia y los amigos más íntimos son
el principal apoyo en estas situaciones. Pero también
apoyos psicológicos y legales pueden ser importantes.
Si bien el acoso moral adopta formas muy sutiles y disimuladas,
que hacen muy difícil reunir "pruebas"
en el más estricto sentido jurídico del
término, puede ser importante, cuando una persona
reconoce que ha caído en las redes de un abusador,
comenzar
a tomar nota en un cuaderno de cada agresión,
cada insulto, cada mensaje humillante de la que es víctima.
Entonces, si toda la "evidencia" acumulada
no logra convencer o conmover a quienes tienen la responsabilidad
dentro de la empresa de encontrar una solución,
eventualmente podrá ser información de
valor en manos de un buen abogado.
Pero si la solución no llega en ninguna de estas
instancias, es importante reconocerlo y no persistir
luchando contra molinos de viento. El legítimo
anhelo de reparación moral, como advierte Hirigoyen,
puede ser "totalmente ilusorio".
Y las consecuencias de no salirse a tiempo de una situación
de estas características pueden, a largo plazo,
ser muy dañinas. "El acoso dice Hirigoyen
puede producir enfermedades psicosomáticas, estrés
y depresión, pero también la humillación
puede, a largo plazo, generar estrés
postraumático como el que sufren las víctimas
de atentados, agresiones o de violaciones".