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ARTICULOS
Ese
gran desconocido…
Por Dra. María Soledad
de Franco
El 2005 finalizaba y en ese entonces prestaba mis servicios
profesionales en forma dependiente.
Un día que no olvidaré me asignaron el
estudio y seguimiento de un caso. Uno más,
pensé, otro acto administrativo a ser impugnado.
En ese entonces desconocía que una nueva etapa
de mi carrera estaba por comenzar, gracias a la historia
de Valentina. Funcionaria estatal ella, con una larga
trayectoria profesional en su haber compuesta de un
constante perfeccionamiento y caracterizada por su abnegada
labor. Hasta ese momento su desempeño había
sido calificado en los guarismos máximos de la
escala. Veinte años plasmados en una intachable
foja de servicios la precedían, aquella mañana
en que días más tarde- la conocí.
Su vestir era elegante y sobrio, sus modos suaves y
todo en ella trasuntaba pulcritud. Sin dudas su presencia
contrastaba fuertemente con lo que había leído
acerca de ella en las calificaciones que daban origen
a sus recursos. En determinado momento pensé
que estaba tratando con una mujer diferente y por completo
ajena a la que días antes había conocido
tras el cristal de un expediente.
Decidí interrogarla. El punto es que no
soy una más de ellos, susurró con
voz quebrada. Podía palpar una profunda angustia
en su hablar, lo que era corroborado por incipientes
lágrimas en sus brillosos ojos. Su calificación
funcional había sufrido un descenso abrupto en
tan sólo un año. Bajo rendimiento, dificultades
de relacionamiento, diferencias de estilo, entre otras
eran algunas de las razones que pretendían justificar
un abatimiento de cinco puntos en su calificación.
El acto fue confirmado en todos sus términos,
mientras Valentina languidecía: su presión
arterial estaba fuera de control y había perdido
nueve kilos en medio año. Fue sometida a tratamiento
psiquiátrico con antidepresivos y ansiolíticos.
Había sido trasladada a un lugar lúgubre
y se le habían quitado todas las tareas, al punto
de llegar un día y encontrar que ya no tenía
silla donde sentarse.
La inconsistencia argumental de la Administración
por un lado, y el deterioro mental y físico de
Valentina, confirmaban una realidad incomprensible para
mí en ese entonces.
Pasó el tiempo hasta aquella tarde en la librería,
donde mis ojos se posaron sobre un libro en oferta.
Su autora era una magnífica psiquiatra francesa
llamada Marie France Hirigoyen. Sus páginas me
atraparon y su lectura evocó en mí el
recuerdo de Valentina. A partir de esa fecha dediqué
buena parte de mi tiempo a investigar sobre ese cruel
gran desconocido.
Años han pasado ya desde mi primer contacto
con el fenómeno del acoso, años en los
que con gran pesar fui conociendo Valentinos y Valentinas.
Hombres y mujeres capaces, inteligentes, eficientes,
amables, agradables, solventes profesionales, excepcionales
como común denominador. Mujeres y hombres que
sufren el asedio de parte de sus jefes, compañeros
de labor e incluso de algún subordinado. Sujetos
de derecho, que merecen un trato respetuoso y digno
por el mero hecho de ser humanos. Pues, sí, ellos
también tienen derechos humanos.
A todos ellos dedico mi humilde aporte, con el deseo
de sumar fuerzas en el combate contra esta epidemia
ética, llamada acoso moral.
Dra. María Soledad de Franco,
colaboradora del Portal Acoso Moral Laboral
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