El presidente del Movimiento contra
la Intolerancia Esteban Ibarra relata en su libro Tiempos
para la solidaridad cómo en los sucesos
de Costa Polvoranca el joven que fue víctima
de un linchamiento a manos de un gang violento fue arrastrado
por éste a lo largo de cientos de metros ante
la presencia de más de sesenta testigos, sin
que nadie hiciera nada por socorrerlo y detener su asesinato.
Todos estos testigos mudos o indiferentes
se las ingeniaron para pensar que había
alguien más cerca que ellos que tenía
más responsabilidad o que era funcionalmente
una responsabilidad y un asunto de la Policía.
Es un hecho que en materia de violencia solemos sustraernos
a nuestra responsabilidad de solidaridad y socorro desde
el momento en que siempre podemos encontrar a nuestro
alrededor a otros que están más cerca
geográficamente a las víctimas o podemos
señalar la responsabilidad de los especialistas
que, debido a su función social, son los profesionales
especializados en socorrer o ayudar a las víctimas
y por lo tanto serían los únicos obligados
a ello por su misma función social o técnica.
Se trata de dar un rodeo en nuestro camino intentando
de este modo crear una distancia psicológica
con las víctimas con el pretexto de que no están
cerca y por ello no está en nuestra mano socorrerlas.
Solemos practicar dos tipos de rodeos psicológicos
para generar la indiferencia hacia las víctimas
de la violencia nuestra de cada día que se presentan
bajo dos formas de razonamiento interno que nos hacemos:
- No está en mi mano ayudar a los que están
lejos (lejanía geográfica) y por tanto
quedo excusado de prestar ayuda o ser solidario con
aquellos que sufren.
- No es mi asunto, no me corresponde a mí técnicamente
intervenir, no me corresponde este asunto (lejanía
funcional).
Ambas son formas de escurrir el bulto pretextando
que son los que están más cerca que nosotros
(geográfica o funcionalmente) los que tienen
la responsabilidad de socorrerlas.