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PRENSA
ESPAÑA
Las difusas fronteras del acoso laboral
Un funcionario abroncado
pública y sistemáticamente está sometido a 'mobbing'
- El Gobierno ha definido las conductas que constituyen
este trastorno - A veces probarlo es difícil
Lunes, 22/8/2011
Se acabó la
impunidad para las presiones y los insultos en el trabajo.
El Gobierno quiere poner coto a estas situaciones, y
ha publicado un protocolo de actuación sobre
el acoso laboral en la Administración Pública.
El documento, recogido recientemente en el Boletín
Oficial del Estado, define algunas situaciones calificadas
como acoso. Entre ellas "dejar al trabajador de
forma continuada sin ocupación efectiva, o incomunicado,
sin causa alguna que lo justifique" o "reprenderlo
reiteradamente delante de otras personas". Hay
más, pero determinar cuándo se está
ante una situación de acoso laboral y cuándo
no parece un ejercicio necesario para resolver un problema
de líneas difusas ante el que la sociedad apenas
está despertando.
"La prevalencia
de los malos modos en el trabajo es tremenda, insultos,
descalificaciones... Pero hay un tránsito entre
el trato malo y el maltrato. Por eso esta normativa
considera que actitudes como esa, cuando son reiteradas
se convierten en acciones vejatorias", explica
Julio Fernández Garrido, director de la Escuela
Profesional de Relaciones Laborales de la Complutense.
Una bronca a un trabajador delante de sus compañeros
puede dejar el ambiente en un silencio tenso, pero "la
sociedad está tan habituada a los modales groseros
que a veces tiene dificultades para percibir esa frontera:
¿es algo que se ha hecho a la ligera, sin pensarlo
dos veces, donde caben excusas, o se está ante
un caso de acoso?", añade Fernández
Garrido.
Esa frontera es difícil también para
los médicos y para los jueces. Y para los propios
afectados. "La forma extrema de acoso la están
sufriendo alrededor de un 4% a un 5% de los trabajadores,
según algunas encuestas europeas y nacionales.
Otros lo sitúan algo más bajo. En esos
casos hay un alto daño psicológico, estrés
postraumático...", sigue Fernández
Garrido. Pero también hay "denuncias equivocadas.
Los casos de acoso no suponen más del 20% de
lo que se denuncia, lo que no quiere decir que no haya
excesos y actuaciones punibles desde el punto de vista
laboral, pero no lo que se considera mobbing".
Como quiera que las circunstancias son variadas, si
existe o no acoso, parece decidirlo finalmente una sentencia
judicial. Bernardo García, abogado laboralista
de UGT y especialista en estos casos, reconoce que llevar
la defensa de los afectados entraña dificultades.
"Son realidades complejas y el procedimiento judicial
está pensado para un acto concreto. En una mañana
hay que ventilar una situación que se viene produciendo
a veces durante años. Se trata de una secuencia
de acontecimientos y hay que hilar los eslabones de
todo ello, porque el hecho aislado puede parecer baladí",
dice.
Las sentencias que está habiendo son en ocasiones
contradictorias. Y a veces, la existencia o ausencia
de una baja médica puede inclinar la balanza
a un lado u otro, cuando los casos son prácticamente
similares. Ya hay abogados que han llamado a la puerta
del Tribunal Supremo en busca de la unificación
de doctrina. "Traté de que la baja médica
por la angustia que ha provocado el acoso, calificado
así por un médico especialista público,
constituyera al menos un indicio, pero no es fácil.
Si no hay baja, la dificultad se acrecienta, y todos
los trabajadores no se toman la baja, aunque se mediquen,
porque no todos tienen la misma fortaleza, o porque
consideran que no deben dejar abandonados sus trabajos
a pesar del sufrimiento", dice García.
Este abogado entiende que no es fácil para los
jueces encuadrar unos criterios infalibles que determinen
el acoso, pero también reconoce que, en ocasiones,
parecen tenerle cierta alergia. "Yo a veces rehúyo
la calificación de acoso. Prefiero relatar lo
que le ocurre a la persona y decir que esa situación
está afectando a su dignidad... Si cito el acoso
el juez se pone en guardia y, después de todo,
es él quien ha de calificarlo", dice García.
Es un asunto delicado; lo mismo que se oye por cualquier
sitio eso de "este niño es hiperactivo"
solo porque es inquieto en extremo, "el acoso también
se ha vulgarizado", sigue García.
Pero haberlo, haylo. Y los casos que relatan los afectados
son dramáticos. Trabajadores apartados de un
día para otro de sus funciones habituales, desterrados
a un pasillo con una mesa y una silla, sin ordenador,
sin tareas, en otros edificios, solos. Los que amanecen
con tres despertadores porque temen que cualquier retraso
pueda ser utilizado en su contra. Y duermen porque están
medicados...
"Llegaba llorando a casa un día tras otro;
se me caían unos lagrimones en el trabajo...
Pasé tres meses en casa con una depresión
de caballo, yo, que nunca me había cogido una
baja, que disfrutaba con mi trabajo, que echaba horas
de más". Es un hombre de 43 años
el que habla; casado, con hijos, de alta formación
profesional e intelectual, cuya vida se ha convertido
en un infierno para los suyos y eso que ya va sacando
la cabeza.
El día que se levantó y vio que su cabeza
no le permitía ir al trabajo se fue al médico.
"Rompí todas las estadísticas de
tiempo de atención a un paciente. Lloré
y lloré. Iba buscando ayuda, pero me dio la baja,
lo entendió perfectamente. Me dijo que no estaba
enfermo, que tenía un problema de relaciones
humanas que solo se acabaría cuando concluyera
el tormento".
Este hombre es funcionario en un Ayuntamiento de la
Comunidad de Madrid. Un día cambió el
equipo de Gobierno y él sobraba. Por si algo
faltaba, protestó por unas plazas que se sacaron
de forma irregular y que hubo que retirar. "Me
trasladaron de edificio, me quitaron todas mis funciones,
me encargaban cosas absurdas, me instalaron detrás
de una columna y de un armario, no se me veía.
Estaba solo, solo".
Pero lo que le queda, ahora que su caso está
todavía pendiente de juicio, es la sensación
de que los otros han ganado. "Los demás
siguen en su sitio y yo ahora estoy en otra concejalía,
tienes sensación de que la impunidad para ellos
es absoluta. Sé que si hubiera estado en una
empresa privada estaría en la calle. Y mira que
me ofrecieron otros puestos para quitarme de en medio,
pero no me pareció ético", dice.
Al principio acudió al comité de seguridad
y salud de su trabajo. "Fue horrible, el acosado
parecía el acosador...", recuerda.
Sobre la dificultad de las víctimas para denunciar
su padecer tiene algo que decir Gemma Sobrino, profesora
de Derecho del Trabajo en la Universidad Complutense
y experta en acoso moral y violencia de género.
"Las víctimas, cuando se deciden a dar el
paso y contar lo que están sufriendo, se mueven
por impulsos, cualquier burocracia puede suponer un
obstáculo, es un esfuerzo añadido que
puede llevarles a renunciar. Por eso, un buen protocolo
para estas situaciones debe permitir que la denuncia
sea también oral", dice. Eso es algo de
lo que carece el recientemente aprobado por el Gobierno
para la Administración General del Estado. Y
no es lo único que falta, dice Sobrino. "El
protocolo aborda casi de forma exclusiva los casos de
acoso descendente, es decir, del superior al subordinado,
pero no de los que pueden ocurrir entre compañeros,
ni de los subordinados, clientes o pacientes hacia sus
superiores, por ejemplo, los trabajadores que no acatan
los mandatos del jefe porque no es jefe, sino jefa",
explica. "O los profesores que sufren el acoso
de los alumnos, o los médicos de los pacientes...".
Sobrino entiende que el hecho de tener un protocolo
para la Administración General del Estado es
motivo de aplauso, pero cree que este es "demasiado
genérico". Julio Fernández Garrido
también saluda la llegada de este protocolo y,
aunque cree que todo es mejorable, considera que esos
casos que deja fuera presentan "una incidencia
mucho menor".
Desde el punto de vista sindical, el protocolo también
es "insuficiente". "Puede que jurídicamente
sirva para proteger al trabajador, sí, pero esto
no debe abordarse desde un punto de vista individual,
de hechos concretos, porque todos estos procesos responden
a problemas de carácter organizativo de las empresas",
asegura Pedro Linares, responsable del departamento
de Salud Laboral de CC OO. "En
el Código Penal existe el delito de riesgo aunque
no haya daño". Se refiere a que se
puede sancionar a un empresario por no proteger a sus
trabajadores con un arnés o con máscaras
para evitar inhalaciones peligrosas, por ejemplo. "Claro,
eso en el plano psicológico es más difícil,
pero tenemos que ir hacia eso, porque hay formas de
organización del trabajo que son tóxicas",
asegura.
También Fernández Garrido habla de un
caldo de cultivo que se da en las empresas, "un
escalón previo al maltrato", que tiene que
ver con la cultura de "la sobreproducción,
las plantillas que se recortan sin bajar la exigencia
a los trabajadores que quedan, o subiéndola...".
"En ambientes así, los comportamientos depredadores
se pueden poner las botas", asegura. Y lanza una
última alerta: "Ojo con esas empresas en
las que se escucha: 'eso es imposible que ocurra aquí,
tal y como somos, con las garantías que tenemos'.
Porque no hay peor ciego que el que no quiere ver".
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El acoso y la mala
organización empresarial
El Gobierno ha definido
el acoso moral al trabajador de la Administración
Pública en un nuevo protocolo. Constituye
acoso cuando se da alguna de estas circunstancias:
- Dejar al trabajador
de forma continuada sin ocupación efectiva,
o incomunicado, sin causa alguna que lo justifique.
- Dictar órdenes
de imposible cumplimiento con los medios que al
trabajador se le asignan.
- Ocupación
en tareas inútiles o que no tienen valor
productivo.
- Adoptar acciones
de represalia sobre los trabajadores que han planteado
quejas, denuncias o demandas frente a la organización,
o frente a los que han colaborado con los reclamantes.
- Insultar o menospreciar
repetidamente a un trabajador.
- Reprenderlo reiteradamente
delante de otras personas.
Una mala organización
laboral puede estar relacionada con el acoso.
Estas son algunas claves, según CC OO.
- La falta de definición
de los objetivos, autonomía y responsabilidades
en el ejercicio de nuestro trabajo y la falta
de adecuación de la información
que tenemos para hacerlo.
- El diseño
de puestos de trabajo que implican un reducido
o inexistente margen de decisión y autonomía
respecto al contenido y a las condiciones de trabajo.
- La inseguridad en
las condiciones de trabajo (temporalidad, distribución
irregular de jornada, salario variable).
- La exigencia de
hacer tareas que entran en conflicto con las normas
y valores profesionales y personales.
- La competitividad
como forma de relación entre compañeros
frente a potenciar el apoyo y el refuerzo del
trabajo.
- El diseño
de puestos de trabajo aislados o que imposibilitan
la relación con los compañeros.
- La ausencia de capacitación
para gestionar personas y de preocupación
por la salud y el bienestar en el trabajo de directivos,
mandos intermedios y encargados también
puede estar relacionada.
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fuente: elpais.com
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